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Aafia Siddiqui Por Juan Marrero

A principios de febrero un tribunal de Nueva York declaró culpable a la neuróloga paquistaní Aafia Siddiqui por intento de asesinato y ataque a personal militar norteamericano que la interrogaba en una prisión de Afganistán. Enfrenta nada menos que hasta 60 años de cárcel, aunque la sentencia definitiva se dará a conocer en mayo.

Es un caso que viene siendo inflado desde poco después de los hechos del 11 de septiembre de 2001. A la Siddiqui se le vinculó con la organización terrorista Al Qaeda y los que llevaron a cabo la voladura de las Torres Gemelas. Era la única mujer incluida en una lista de siete musulmanes residentes en Estados Unidos que el FBI y los cuerpos armados se dieron a localizar y hasta ofrecer el pago de recompensa por su captura. Sus fotos aparecieron en los principales canales de la TV, en publicaciones y en lugares públicos en momentos en que la administración Bush desató la “guerra del terror” y una atmósfera patriotera contra los inmigrantes, en particular aquellos provenientes del mundo musulmán.

La doctora Siddiqui, como muchos otros inmigrantes, no tuvo más opción que abandonar Estados Unidos. Desapareció durante cinco años a partir del 2003. Volvió a saberse de su paradero en julio del 2008 cuando resultó seriamente herida de bala en su abdomen en medio de un supuesto incidente ocurrido en un cuartel de un pueblo situado a 50 millas al sur de Kabul, en Afganistán.

La versión del incidente dada fue que dos agentes del FBI y dos oficiales del ejército de Estados Unidos la estaban interrogando en Ghazni, luego de haber arrestado el día anterior al hijo de ella, de 11 años de edad, acusados de ser “terroristas suicidas”. Uno de los oficiales colocó su rifle M-4 cerca de una cortina,  y la mujer se apoderó de él, y apuntó a la cabeza del agente. Un traductor se abalanzó sobre la doctora, pero era demasiado tarde, pues ella disparó dos veces el M-4. No hubo heridos, pero un segundo soldado sacó su pistola y disparó, hiriéndola…

¿Ficción o realidad?, se preguntó entonces la publicación inglesa The Guardian. Lo que si no quedaba duda alguna es que ella había quedado gravemente herida y debió ser conducida a un hospital. Diecisiete días después, cuando aún estaba en recuperación, la subieron a un avión y la trasladaron a Nueva York, para enfrentar cargos de asalto y tentativa de asesinato.

Siddiqui desde un principio se declaró inocente, e insistió en que jamás tocó el arma del soldado. Sus abogados declararon que no era cierta la versión dramática presentada por el Fiscal. Durante el proceso un oficial del FBI reconoció que las huellas dactilares tomadas al fusil no eran las de la doctora Aafia Siddiqui. No se recuperaron en el escenario de los hechos ni balas ni casquillos de balas. No se encontró ningún agujero de bala en las paredes. Todo ello fue desestimado por el Juez. Y, por ello, ante la carencia de imparcialidad, la mujer anunció que iba a boicotear el proceso. “Soy inocente de todos los cargos y lo puedo demostrar, pero no lo voy a hacer ante esta corte”, expresó.

La celebración de juicios injustos y la imposición de condenas injustas han estado presentes en todos los siglos de historia de los Estados Unidos. Cito algunos significativos casos:

El 11 de noviembre de 1886 fueron ahorcados en Chicago cinco líderes obreros -Parson, Spies, Fischer Lingg y Engels-y condenados a cadena perpetua otros tres -Fielden, Nebee y Schwab– tras ser acusados de haber colocado y explotado una bomba en un mercado de esa ciudad que causó la muerte de un policía. Fue un juicio plagado de mentiras, y en el cual el fiscal pidió el castigo de estos líderes obreros “para salvar las instituciones democráticas”.  Siete años después, el gobernador del estado de Illinois, John M. Altged, declaró la inocencia de los ocho acusados, y se dispuso la libertad de los tres sobrevivientes.

En 1927 fueron ejecutados en la silla eléctrica los inmigrantes italianos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, a quienes acusaron de asalto y homicidio años antes, no obstante haberse presentado escasas e insuficientes pruebas en la corte. Cincuenta años después, en 1977, el gobierno de los Estados Unidos reconoció que hubo un error y proclamó la total y absoluta inocencia de ambos inmigrantes.

Se trató de dos casos tipícamente políticos. Como también lo fue la condena y prisión en 1920 a Eugene Debs, uno de los promotores del movimiento obrero en Estados Unidos y creador del Partido Socialista en ese país. Lo acusaron de violar la Ley de Espionaje, aunque en realidad lo condenaron a diez años de cárcel por su oposición a la primera guerra mundial. Junto a él fueron sentenciados también otros 23 líderes obreros y con ideas socialistas. Este caso político se rectificó después por el presidente Warren Harding (1921-1923) al firmar la liberación y amnistiar a Debs y sus compañeros.

Injusto e ilegal ha sido también el proceso seguido contra los cinco cubanos luchadores contra el terrorismo que recibieron elevadas condenas. Muchos, incluyendo varios Premios Nobel e instancias jurídicas de los propios Estados Unidos, han apuntado las múltiples irregularidades y ausencia de ética que han rodeado este caso. Al igual que hizo Harding en 1921, Obama podría rectificar el disparate en que ha incurrido el sistema judicial norteamericano en el caso de los Cinco, cuyas condenas fueron motivadas por el castigo al ejemplo que ha significado la Revolución cubana.

En la historia de los Estados Unidos las campañas de histeria desatadas por los grandes intereses económicos, militares y políticos han llevado a juicios injustos y a la implantación de condenas injustas. La injusticia de clase se ha producido en todas las décadas y en todos los siglos. En Estados Unidos, decía Howard Zinn, historiador norteamericano recientemente fallecido, la justicia norteamericana es falsa, es una mentira. La justicia no se mide por igual para todos, y menos aún cuando desde la Casa Blanca, el Capitolio o el Pentágono emergen ruidos de tambores y retórica patriotera, de atmósfera de histerismo contra distintas corrientes de pensamiento y acción.

En medio de la histeria por el 11 de septiembre, que no se calma aunque ya han transcurrido más de ocho años de tal monstruosidad, ¿puede hoy una musulmana paquistaní como la doctora Aafia Saddiqui pedir igualdad de justicia?

Muchos misterios e incógnitas hay sobre este caso. Pero, quizás, algún día se conozca la verdad tal como ocurrió con los casos de los mártires de Chicago o el de los inmigrantes italianos Sacco y Vazenti.

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