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Estados Unidos está en camino de lograr su máximo objetivo tras la invasión y ocupación de Iraq realizada hace casi siete años: apoderarse de toda la reserva petrolera de esa nación por medio de empresas transnacionales.
Como se ha comprobado con el paso del tiempo, las excusas ofrecidas por la Casa Blanca para atacar a Iraq en marzo de 2003 resultaron fútiles pues ese país no poseía armas nucleares o biológicas, ni tenía relación con la organización terrorista Al Qaeda.
La verdadera razón era adueñarse de los yacimientos petrolíferos ya que para mantener su poderío militar, Washington necesita fuentes de abastecimiento de hidrocarburos que le permitan sostener el gasto de 22 millones de barriles de petróleo diario, o sea, el 28% de la producción del orbe.
Como enjambre de abejas, las empresas transnacionales han arribado a Iraq en los últimos meses después que el régimen ha abierto las puertas a multimillonarios contratos para reconstruir la infraestructura del país, así como para la extracción, refinación y comercialización del crudo en aras de convertirse en el primer productor mundial, por encima de Arabia Saudita.
En la nación árabe ya se encuentran numerosos equipos y obreros de las compañías norteamericanas Halliburton, Baker Hughes, Weatherford Internacional and Schlumberger, Chevron y constructoras gigantes como la Bechtel, Kellog, KBR, Fluor and Foster Wheeler y Parsons, o las especializadas en armamentos como la Lockheed Martin y la General Dynamics.
Antonia Juhasz, investigadora y autora del libro The Bush Agenda, puntualizó que esas y otras transnacionales han tenido directivos dentro del gobierno durante años que han influenciado en la dirección política estadounidense para asegurar que sus empresas se beneficiaran con la invasión y el control de la economía iraquí a largo plazo.
Entre los más destacados en esas campañas que presionaron constantemente para provocar la invasión bajo cualquier costo y precio aparecen Richard Cheney, Donald rumsfeld, Paul Bremen, Scooter Lobby, Robert Zoellick, Paul Wolfowitz, Salami Khalizad y George Schultz.
No importa que se haya destruido la nación y la cultura milenaria iraquí; muerto más de 2 millones de ciudadanos árabes y otros 4 millones se convirtieran en refugiados, que la pobreza y el hambre deambule por el país, o que cerca de 6 000 norteamericanos fallecieran y alrededor de 40 000 resultaran heridos, además de miles de millones de dólares en gastos de guerra: lo importante era apoderarse del país.

En los primeros meses de la ocupación, Estados Unidos se atribuyó el derecho de entregar contratos a empresas norteamericanas como la Halliburton, Kellog, Bechtel, por citar algunas.
La Halliburton, dirigida de 1995 al 2000 por el vicepresidente, Richard Cheney cuando se postuló para acompañar al mandatario George Bush, fue la principal beneficiada con convenios por más de 40 000 millones de dólares. También ha sido la más envuelta en escándalos financieros junto a su subsidiaria Kellogg Brown Root(KBR).
Las denuncias sobre malversaciones, robos, corrupción y entrega de millonarios convenios en Iraq a empresas norteamericanas han sido una constante desde la llegada de las tropas invasoras. Allí han desaparecido o mal utilizados en proyectos descontinuados, más de 100 000 millones de dólares.
Un artículo del diario The New York Times, indicó que un grupo de inspectores de Estados Unidos constató que son un fracaso, más de 150 proyectos de reconstrucción en Iraq en los que se invirtieron centenares de millones de dólares.
Asimismo, el Boston Globe, citando a investigadores del Congreso, ha denunciado que resulta enorme la magnitud de la corrupción en Iraq y entre las compañías que más se destacan en esos menesteres aparecen Halliburton y KBR que han “estafado cientos de millones de dólares de los fondos destinados a la reconstrucción del país”.
Ahora el nuevo festín de la repartición estará a cargo del gobierno, que como todo el mundo conoce no es capaz de controlar, por falta de cuadros y de la corrupción los contratos.
El régimen ya firmó con las transnacionales norteamericanas convenios para taladrar centenares de nuevos pozos de petróleo, reparación y construcción de miles de millas de oleoducto, carreteras, tanques de almacenamiento, puertos y otras obras de infraestructura para intentar incrementar la producción actual de su crudo de 2,4 millones de barriles diarios, hasta 12 millones en el 2016.
Joost R. Hiltermann, director de la ONG Grupo de Crisis Internacional dedicada a prevenir conflictos bélicos, afirmó que “el régimen está desesperado por aumentar sus ingresos provenientes del petróleo, pero no tiene capacidad para supervisar a las compañías lo cual es una receta para la corrupción masiva. Para los gobernantes iraquíes el costo valdrá la pena por las ganancias que conllevará para ellos”.
Con el paso del tiempo ha quedado demostrado que la guerra y ocupación de Iraq por Estados Unidos perseguía el objetivo de disponer no solo del petróleo existente en ese país árabe, sino a la par tener bases militares que controlen la rica región con sus grandes yacimientos de crudo y gas natural.

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