Presidente Cristina Fernández
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Tomado de rebelion

 

La derecha mexicana, y también la de España y la de EU están furiosas y, al mismo tiempo, incrédulas, sorprendidas, estupefactas. Cómo es eso de que el gobierno argentino ha decidido renacionalizar o reestatizar la empresa petrolera YPF (Yacimientos Petroleros Fiscales) que había sido por décadas una empresa pública propiedad de la nación argentina, y que un desgraciado día Carlos Saúl Ménem le vendió a precio de regalo a la transnacional española Repsol.

Esa venta fue, como se dice popularmente, un negocio redondo para Repsol y para Ménem. El consorcio hispano compró en centavitos lo que valía pesos, y Ménem se llevó al bolsillo la muy jugosa comisión que el comprador fraudulento suele pagar al vendedor corrupto. Y lo que se dice para YPF puede decirse para la célebre Aerolíneas Argentinas, casi regalada a la hispana Iberia. Pero, ¡oh, sorpresa histórica!, la presidenta Cristina Fernández determinó que YPF retornara a su condición de empresa pública. Y esto es lo que tiene furibunda, fúrica, furiosa a la derecha planetaria. A la derecha española por la entendible mohína que genera la pérdida de un buen negocio, de un negocio enormemente rentable. Y a la derecha transnacional por el golpe ideológico y político que significa el rescate, el relanzamiento, la vuelta a escena de las tan temidas como aborrecidas nacionalizaciones. O, dicho de modo más claro, la renovada vigencia de la idea de la propiedad pública, social o colectiva sobre la sacrosanta propiedad privada de los grandes medios de producción.

Ya la derecha transnacional tenía bastantes problemas con las emblemáticas figuras de Hugo Chávez, de Evo Morales y de Rafael Correa, para que ahora aparezcan en escena Cristina y la nacionalización de YPF. ¿No habíamos quedado ya que eso de las nacionalizaciones era cosa de un pasado bien muerto y bien enterrado? ¿No habíamos quedado ya que la propiedad privada de los grandes medios de producción era intocable?

De modo que el golpe de Cristina no sólo es económico y político, sino sobre todo ideológico, pues demuestra que la ideología neoliberal privatizadora no es única ni invencible. Y lo que es peor, mucho peor: que la decisión de Cristina puede servir de ejemplo a muchos otros países hartos de estancamiento económico, desempleo, salarios miseria, polarización social y dominio de los intereses privados por encima de los intereses públicos, sociales, nacionales o colectivos, rasgos todos ellos característicos de la ideología neoliberal, de la ideología de la derecha que se nos había querido presentar como la única posible, como la única viable, como la única con derecho a existir.

Hay algo, sin embargo, todavía más grave para la derecha transnacional en la decisión de Cristina. Aunque ella no la haya dicho, y aunque ni siquiera lo haya pensado o lo imagine, la nacionalización de la sucursal argentina de la petrolera española Repsol significa un avance objetivo (pequeño, pero avance al fin) en la construcción del socialismo del nuevo siglo, del socialismo del siglo XXI. Porque el socialismo es inconcebible sin la propiedad social, pública, estatal o colectiva de los grandes medios de producción.

Esto no quiere decir, desde luego, que la propiedad social sobre algunos grandes medios de producción sea la antesala de un nuevo socialismo que ronda en la cabezas de millones y millones de seres humanos alrededor del mundo. Significa simplemente que avanzar hacia una sociedad más justa y más democrática pasa necesariamente por el control social, es decir, no privado, no particular, no individual de la actual inmensa riqueza social cristalizada en los grandes medios de producción. Una riqueza que sea de todos y de no de alguien en lo personal.

Blog del autor: www.miguelangelferrer-mentor.com.mx

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