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Notas sobre la montaña y algunos otros temas. Escribe de noche. De prisa. La niebla del norte de Nicaragua enmohece los manuales, las bolsas, las pieles. Lo llaman. Es hora de reanudar la marcha hacia Zinica. Un dosel de ceibas inmensas, cargadas de lluvia, cubre la última marcha de Carlos Fonseca, perseguido por la guardia de Somoza y sus consejeros norteamericanos.

Tiene 40 años. Sus lentes se han vuelto más gruesos. Se ha adentrado de nuevo en la montaña para reunirse con Henry Ruiz (Modesto), dirigente de la guerrilla rural. Ya conversa con él, le repite la discusión que había tenido con los compañeros en Managua y en la Habana. A los dos días, el 8 de noviembre de 1976, las fotos del cadáver de Fonseca en La Prensa intentarán convencer de que el Frente Sandinista ha muerto.

Tres años después, el 19 de julio de 1979, el pueblo de Managua recibe con vítores a varios centenares de guerrilleros sobrevivientes.

De un héroe revolucionario se puede hacer una película, una foto, un cartel. En su lecho de Procusto se convierte en «el protagonista de la acción». Tapan su vida con una imagen, se lija todo lo que podría convertirle en uno de los nuestros. Nos dirán que este hombre cansado, que tropieza en una noche lluviosa, murió intentando sanar las divisiones de su movimiento, traicionado por los suyos en la clásica «lucha por el poder». Lo convertirán en el puro y le encomendarán la tarea de juzgar a los impuros de hoy. Pero ¿quién juzga a quién?, y ¿qué se está juzgando?

«Más que decir de qué ha muerto un país» me he interesado por «lo que lo ha hecho vivir». Así es como Matilde Zimmermann, profesora de Historia Latinoamericana del Sarah Lawrence College de Nueva York abre su biografía del héroe nicaragüense. Al ser ella misma una militante que ha vivido y trabajado en Nicaragua, sabe muy bien que Carlos Fonseca tenía la obsesión del trabajo colectivo y conocía todas sus contradicciones. No le interesa pues la forma «judicial» de la historia. El pensamiento de Carlos Fonseca evolucionó constantemente a lo largo de su vida. Cual pueblo que sale de sí mismo para volver a encontrarse, y pide más. Los grandes hombres existen. Admirarlos significa no separarlos del trabajo pasado y futuro de su pueblo.

El libro de Matilde Zimmermann es una cronología minuciosa, enriquecida con citas inéditas tomadas de los archivos del Instituto de Estudios del Sandinismo – IES (muchos de ellos informes de la policía política de Somoza) que se cruzan con entrevistas de la autora con los íntimos, los familiares y los compañeros de lucha de Fonseca y se apoyan en numerosas notas y en una referencia bibliográfica de las más completas. Así es como Fonseca reanuda, de alguna manera, su diálogo con nosotros. No sólo desde el pasado, sino también desde el futuro. Aspecto crucial de toda revolución: la formación previa de líderes populares como garantía de que la transformación va a seguir después de la toma del poder, como garantía del «salto cualitativo».

El Movimiento de los Sin Tierra de Brasil así lo ha entendido, y estudia a Fonseca en su Escuela Nacional «Florestan Fernandes». Lo mismo que su amigo Roque Dalton y Ernesto «Che» Guevara, el nicaragüense sabía que la guerrilla es creadora de la conciencia política y de la ética del «hombre nuevo». Pero desconfiaba del vanguardismo y recomendaba a sus compañeros que escucharan a cada trabajador como si fuera una biblioteca viviente, llena de enseñanzas. ¿Acaso la vanguardia no implica una retaguardia y un «medio»? Su articulación de lo «rural» con lo «urbano» o su concepto de la forma «partido político», anticipan temas esenciales para la revolución brasileña.

Son muchos los que han estudiado el itinerario del Frente Sandinista a partir del triunfo de 1979, lo que a veces les ha hecho subestimar, por ejemplo, el papel de la teología de la liberación. Matilde Zimmermann vuelve a colocar el cursor en su verdadero punto de partida.

El de la violencia económica y el imperialismo de William Walker, que se proclamó presidente de Nicaragua en 1856; el de la dinastía populista de los Somoza que, según nos explica la historiadora, supieron ser «sociales» a ratos; el de la lucha concomitante entre los partidos Liberal y Conservador para conseguir sus cuotas de poder dentro de esa tiranía.

Fonseca vivió desde pequeño estas contradicciones sociales y políticas. La autora saca de las sombras a la madre de Carlos, la hija de campesinos Agustina Fonseca, una criada que se pasó la vida lavando, cocinando y planchando, y tuvo la desgracia de ser bonita, deseada por los hijos de los hacendados cafetaleros de Matagalpa que explotaban a los indígenas del mismo nombre. Uno de ellos, Fausto Amador, administrador general de los Somoza, con quien Carlos intentó mantener un vínculo duradero, se olvidó pronto de Agustina. Ella pasó grandes apuros para dar de comer a su hijo «natural». Su hijo juró vengarla, como sabemos por un poema encontrado por la historiadora.

Zimmermann nos habla del hambre que pasa un niño ya miope que vende periódicos o melcochas para ayudar a su madre. Fascinado por los libros, estudia francés en la enseñanza media para entender el Manifiesto del Partido Comunista. En su prueba de bachillerato descarta el concepto de «salario» y recuerda que los trabajadores tienen derecho al producto íntegro de su trabajo. Más tarde se distancia del Partido Socialista Nicaragüense, demasiado alineado con Moscú y a veces aliado con los Somoza, pero Fonseca nunca rompe con el marxismo.

Manual del militante, discursos y manifiestos, comunicados al pueblo, análisis estratégicos nunca desprovistos de sentido crítico, programa histórico del Frente Sandinista de Liberación Nacional: Carlos Fonseca Amador elabora lo esencial de la doctrina sandinista a lo largo de una maduración de veinte años. Una tarea difícil debido al aislamiento de Nicaragua. Zimmermann cita una entrevista de 1970 en la que Fonseca lamenta el «cuarto de siglo de tinieblas, de parálisis, de atrofiamiento del movimiento popular nicaragüense … No hay ni conciencia revolucionaria ni organización… por diversas razones durante muchísimos años el marxismo no penetró en Nicaragua». Fonseca observa que incluso algunos dirigentes comunistas nicaragüenses desconocen los fundamentos de la teoría.

Fonseca sintetiza dos fuentes esenciales.

Por un lado el socialismo. La revolución cubana y la epopeya suramericana del Che son para Fonseca y la juventud universitaria latinoamericana un ejemplo deslumbrante, inaudito, pero al mismo tiempo tangible y razonable. Lo cual estimula a Fonseca a prestar más atención a las luchas de liberación nacional de Vietnam y Argelia.

Por otro lado el nacionalismo, alimentado por una búsqueda febril de archivos y testimonios. Fonseca rescata dos figuras fundadoras de la soberanía nicaragüense, denigradas o embalsamadas por el somocismo: el general Sandino, que encarna la resistencia campesina, indígena, proletaria, antiimperialista y bolivariana, y prácticamente el primer experimento de guerrilla del continente, y Rubén Darío, el visionario de una guerra que estallará tarde o temprano entre la América cristiana y española y la materialista y destructora de los Estados Unidos.

La historiadora muestra que el trabajo teórico de Carlos Fonseca es inseparable de su larga marcha fundadora de un Frente Sandinista que parecía destinado al fracaso, con sus innumerables mártires, las marchas forzadas en la selva, las casas de seguridad, los asaltos bancarios para recuperar algo de la plusvalía, las reuniones clandestinas a la luz de una vela, las detenciones, las matanzas, las torturas, las traiciones, los continuos exilios, la necesidad constante de renacer, el reclutamiento incansable, la búsqueda de armamento, la formación paciente de militantes, y los años reflexivos, de aprendizaje, en La Habana con un puñado de militantes y su compañera María Haydée Terán, mujer valiente, salida de los ambientes liberales progresistas de León, que le ayudó a fugarse de una de sus numerosas cárceles. Ella le dio dos hijos, Tania y Carlos, a quienes, cuando volvía de las reuniones de trabajo, traía «tesoros»: guijarros, carretes vacíos de cinta de máquina de escribir. Breves años de ternura antes de su último regreso a Nicaragua. Una vida así, un pensamiento así, no podían morir bajo las balas. Otro miembro del grupo fundador del Frente Sandinista, Tomás Borge, se lo dijo al guardia que le anunciaba, alegre, la muerte de su compañero de las primeras horas: «Carlos es de los muertos que nunca mueren».

«Se da el caso» escribía Fonseca en 1975, un año antes de su muerte, «que a nosotros no nos corresponde descubrir las leyes universales que conducen a la transformación de la sociedad capitalista en una sociedad de hombres libres; nuestro modesto papel es el de aplicar esas leyes ya descubiertas a la situación de nuestro país».

Los capítulos siguientes los escribirán los propios nicaragüenses. Muchos, lejos de Nicaragua, piensan que el sandinismo de hoy ya no tiene nada que ver con Carlos Fonseca. Pero a la Historia no le gusta la palabra «fin».

Referencias:

Matilde Zimmermann, Primera edición (en inglés): Sandinista: Carlos Fonseca and the Nicaraguan Revolution, Durham, NC: Duke University Press, 2001. 277 pp.

Segunda edición (en español): Carlos Fonseca Amador, Bajo las banderas de Che y de Sandino, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2004, 287 pp.

Cronología detallada de la vida de Carlos Fonseca Amador

Album fotográfico acompañado de la canción “Comandante Carlos Fonseca” de Carlos Mejía Godoy por la cantante cubana Sara González.

Carlos Fonseca Terán, hijo de Fonseca Amador y de María Haydée Terán, desempeña varias responsabilidades en el FSLN, en los ámbitos de las relaciones internacionales y la formación política. Ha escrito un análisis muy útil del sandinismo como movimiento político: El poder, la propiedad, nosotros… La Revolución Sandinista y el problema del poder en la transformación revolucionaria de la sociedad nicaragüense, Carlos Fonseca Terán, Managua, Editorial Hispamer, 2005. 634 pp. Ver el análisis de este autor sobre la situación actual de América Latina.

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