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Barack Obama en CopenhagueEl pasado 10 de diciembre, curiosamente el mismo día en que hace casi tres décadas un extraño lunático asesinó a tiros a John Lennon, en New York,  un hombre joven y elocuente, ocupante temporal de la presidencia de los Estados Unidos, pronunciaba un no menos extraño discurso en Oslo, Noruega, ante los miembros del Instituto Nobel de la Paz. No dudo que en lo profundo de su alma, por encima de las consideraciones prescritas en la etiqueta del protocolo de las ceremonias de entrega de los Premios Nobel, muchos de los presentes debieron pensar que se encontraban ante otro lunático: tal fue la impresión que debieron causarle las palabras que por 36 minutos pronunció el premiado, que una vez, casi al inicio, provocaron risas, y dos veces, aplausos.

Ese discurso de Barack Obama, que según se dice, fue escrito a bordo del avión que lo condujo a Oslo, ha sido asombrosamente poco comentado,  casi no celebrado, y escasamente criticado, ni siquiera por la jauría neoconservadora que suele cebarse en todas y cada una de sus políticas, discursos  y declaraciones. En la semana posterior al mismo, ni en esa bitácora digital diaria de los neoconservadores que es Townhall.com, puede hallarse un solo comentario crítico al mismo, enfoque predominante, en ese mismo período, al ser comentadas sus políticas económicas, su proyectada reforma sanitaria o el manejo de su administración a los temas relacionados con la prensa. Especial destaque recibió, no su palabra en Oslo, sino la lucha que enfrenta a quienes abogan por frenar el cambio climático y aquellos, como el influyente  comentarista neoconservador Charles Krauthammer, que tachan a esa aspiración como la encarnación de un “nuevo socialismo”.

¿Por qué este extraño y a la vez, elocuente silencio neoconservador alrededor de una de las más detalladas exposiciones de los principios que guían la política exterior del Presidente de los Estados Unidos, salida de su propia boca?

Porque, a diferencia de las objeciones que se le formulan a su agenda doméstica, casi nada enfrenta ya, en materia de política exterior, a los liberales que abogaban, con Obama, por el cambio y un poder suave e inteligente, con los neoconservadores que siempre han abogado por la expansión imperialista mediante el uso de la coerción, las guerras preventivas y las invasiones militares.

Este asombroso discurso de Obama conjuga, de manera paradigmática y esquizofrénica, el lenguaje y la defensa de ideas liberales y elevadas, que reiteradamente  nos remiten a la justicia y a la posibilidad de construir y convivir en un mundo mejor, y de paz, con la imposibilidad de renunciar al uso de la fuerza y a las guerras, debido a la existencia difusa de la maldad en el mundo, y a las limitaciones y defectos del propio ser humano. Desde este punto de vista, el discurso de Barack Obama en Oslo marcaría la rendición definitiva del pensamiento liberal ante las razones “realistas” esgrimidas tradicionalmente por la razón neoconservadora. ¿Y qué queda de Obama y las esperanzas depositadas en él, tras esta claudicación, sino la imagen que de si mismo acuñó Irving Kristol, la del neoconservador como “liberal asaltado por la realidad?”

Impotente para resolver, ni siquiera parcialmente, las causas profundas de las guerras, o sea, las desigualdades, el subdesarrollo, las exclusiones, los hegemonismos, las exclusiones y las injusticias, Obama recomendó en Oslo que deberíamos variar, al menos, nuestras nociones acerca de lo que es una guerra  justa o injusta. “Yo no traigo aquí la solución definitiva al problema de la guerra -declaró. Lo único que sé es que encarar estos retos requerirá unidad de enfoques, trabajo duro y perseverancia… Y también de un nuevo pensamiento acerca de las nociones de “guerra justa” y de “paz justa”.

¿En qué consiste este nuevo enfoque de la guerra y la paz, que propone el presidente de  una nación que, ahora mismo, libra dos guerras simultáneamente?

Partiendo de que… “debemos encarar la dura verdad sobre la imposibilidad de erradicar la violencia en el tiempo que nos resta de vida”, Obama profetizó en Oslo que… “llegará el momento en que las naciones, actuando por separadas o unidas, considerarán que el uso de la fuerza, no solo es necesario, sino moralmente justificado“. Lo que justifica semejante enfoque, según los argumentos del flamante premio Nobel de la Paz, es que… “como Presidente de mi país, no puedo mantenerme cruzado de brazos ante los peligros que acechan al pueblo norteamericano…No nos engañemos: el Mal existe en el mundo… El movimiento pacifista no detuvo a los ejércitos de Hitler, como las negociaciones  no han convencido a los líderes de Al-Quaeda a deponer las armas… El uso de la fuerza, en ciertas ocasiones, puede ser, no un llamado al cinismo, sino el reconocimiento de la evolución histórica, de las imperfecciones del hombre y de los límites de la razón”

La preservación de la paz mediante la práctica  de la guerra, calificada por el propio Obama, siguiendo la  metodología neoconservadora de las metáforas basadas en sofismas y viceversas, como “la reconciliación de verdades irreconciliables”, obedece a  algo mayor, responde a una estrategia que enfila hacia la preservación del status quo, o sea, del capitalismo global, a pesar de sus imperfecciones e injusticias, desterrando para ello todo lo que pueda serle peligroso u hostil, en primer lugar, las revoluciones.

“Debemos dirigir nuestros esfuerzos- concluye Obama- a coronar la tarea que hace años nos indicó el presidente Kennedy. ” Debemos enfocarnos -afirmó- en el logro de la paz más práctica y sostenible posible, no mediante la revolución de la naturaleza humana, sino mediante la gradual evolución de las instituciones…”

Milagros del pensamiento liberal, y del ya visible pragmatismo atemperado del presidente Obama: la defensa de la paz a través de la guerra, y del  logro del progreso mediante la conservación de unas  instituciones intocables. ¿Podría esperarse en Oslo un milagro mayor que el del espectáculo de un premio Nobel de la Paz que pontifica acerca de la inevitabilidad de las guerras, y de un liberal que termina clamando por la conservación de las instituciones?

Para Obama, la guerra no solo se justifica como medio de defensa, sino también como herramienta para el cambio de regímenes que Estados Unidos, por sí y ante sí, considere “opresores de su propio pueblo”, curiosamente aquellos que no concuerdan con algunos de sus postulados en materia de política internacional. Después del apoyo y protección inmoral de su gobierno al régimen golpista hondureño, culpable de crímenes flagrantes contra su propio pueblo, no restaba mucha credibilidad al presidente Obama. Pero a pesar de ello, no tuvo el menor empacho en repetir  el sermón en Oslo.

“Los acuerdos entre las naciones,   las instituciones fuertes, el apoyo a los derechos humanos, las inversiones para el desarrollo, todo ello -resumió Obama en su discurso -son los ingredientes vitales para el logro de aquella evolución gradual de las instituciones de que hablaba el presidente Kennedy”

“Imaginación moral” es el imperativo del momento, según sus inspiradas palabras, un galimatías que consiste en “…adherirse a las leyes del amor,…y reconocer que la naturaleza humana puede ser perfeccionada por nosotros mismos, lo cual implica reconocer que la condición humana es perfectible: puede que la no-violencia predicada por Gandhi o King no sea siempre practicable, pero el amor predicado por ellos, su fe esencial en el progreso humano siempre deberá ser la estrella Polar que nos guíe en este viaje… Reconozcamos que siempre habrá opresión, pero aún así procuremos la justicia…”

¿No es acaso asombroso, a primera vista, que el presidente de los Estados Unidos, líder mundial de un sistema como el capitalista, enemigo por definición del socialismo, haya apelado en Oslo a categorías y enfoques de clara estirpe socialista, tales como “guerras justas”, “progreso social”, “justicia social”, “perfectibilidad de la naturaleza humana”, “relación entre guerras y subdesarrollo”?

Lo sería, si no hubiese usado tales argumentaciones de izquierda para fundamentar el logro de objetivos conservadores, como el de evitar las revoluciones mediante la reforma gradual de las mismas instituciones que las provocan. Lo sería, de no haber tanta coincidencia entre sus palabras y lo que sobre el mismo tema piensan y defienden los neoconservadores, esos mismos implacables adversarios de su presidencia, que tan oportunamente callaron ante las aparentes veleidades de su discurso, en lo que, a todas luces y desde la superficie, podría ser considerado otro milagro de Oslo.

El día antes de su discurso milagroso, se había dado a conocer  en los Estados Unidos que la más reciente encuesta del Pew Research Center for the People & Press arrojaba que, desde 1964, durante la guerra de Vietnam, los norteamericanos no se había mostrado jamás tan unilateralistas como ahora,  más del 49 % de los encuestados, en materia de política internacional, precisamente lo que siempre han defendido los neoconservadores, enemigos jurados de la ONU y demás organismo multilaterales. Lo mismo que defendió en Oslo, sin ambages, el liberal Barack Obama.

En la noche de ese mismo día de los milagros, el programa radial “Talk of the  Nation”, de la National Public Radio, conducido por Neal Conan, analizó el discurso de Obama , invitando para ello a Paul Gastris, escritor de discursos para el presidente Clinton, y a Peter Robinson, quien ejerciese las mismas funciones durante la presidencia de Reagan. “Decir que el Mal existe en el mundo-aventuraba Conan, es una frase que nadie hubiese dudado haber escuchado de boca de su predecesor, George W. Bush…A la luz de ello, ¿hay en ese discurso alguna intención de continuidad?”

“Reconocer que la paz es deseable, pero que raramente se consigue-respondió Peter Robinson- es algo que pudo ser suscrito por Ronald Reagan…Yo pude haberle escrito a Obama ese discurso de Oslo…”

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