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Trascendiendo la historia como humanista, intelectual, internacionalista y conductor
Hugo Moldiz Mercado (Semanario La Época de Bolivia)

Fidel hizo de Cuba el primer territorio libre del dominio estadounidense en América Latina y el Caribe en 1959, impulsó la recuperación total de la tierra para entregarla luego a los campesinos, le devolvió a la nación cubana el control de los recursos naturales, venció en Playa Girón a la contrarrevolución impulsada por Estados Unidos y declaró la primera república socialista en el continente en 1961, lo convirtió en el primer país libre de analfabetismo en 1964 y nunca cejó de ocupar la vanguardia en la lucha contra toda forma de injusticia durante 49 años.

Fidel es Fidel afirmó Raúl Castro el domingo 24 de febrero, poco después de ser electo Presidente del Consejo de Estado y de Ministros. Por eso, el alcance de su figura ha trascendido las fronteras de su propio territorio y la dimensión de su influencia ha sobrepasado los límites del pensamiento socialista. Fidel es el líder más sobresaliente del complejo siglo XX e incluso, como lo establecen las evidencias, del reciente siglo XXI.

El octogenario cubano es de esos extraños y raros personajes, de los cuales nace uno cada siglo, que reúne múltiples capacidades: de intelectual orgánico, como diría el italiano Gramsci, pero también, como ha quedado demostrado a lo largo de su vida, de conductor político y estratega militar, además de irrebatible y profundo humanista.

Hace casi 82 años, un 13 de agosto de 1926, en la finca Birán, de la actual provincia Holguín, ni su padre, de origen español, ni su madre, cubana de nacimiento, imaginaron que la tierra de los mambises estaba alumbrando al personaje más lúcido, visionario y humanista que la historia latinoamericana había conocido hasta ahora.

Fidel Castro Ruz, el cuarto de seis hermanos, hizo aflorar sus sentimientos de justicia y rebeldía a muy corta edad, cuando, a pesar de ser hijo de un terrateniente, provocaba la sorpresa y la indignación de las familias de terratenientes al preferir jugar con los niños pobres, particularmente negros.

Esa inclinación por aproximarse a los desposeídos se explica por la sensibilidad con la cual sus padres lo educaron y por las lecciones pedagógicas y humanas que su familia y sus maestros le inculcaron desde muy pequeño.

Tampoco es una sorpresa conocer, después de todo lo que hizo por su pueblo y por otros del mundo, los comentarios que hacía a sus padres, maestras y amigos del Jesuita Colegio Dolores, de Santiago de Cuba, en el que cursó gran parte de sus estudios, respecto de la necesidad de alfabetizar a los campesinos y de darles tierras.

Algunos investigadores y pensadores cubanos dicen que Raúl, su hermano menor, inclaudicable compañero de lucha y hoy el nuevo Presidente del Consejo de Estado y de Ministros, fue el primero en tener una aproximación a la teoría del socialismo científico. Sin embargo, es irrebatible que Fidel se perfiló como líder de masas cuando a pocos días de pisar las escalinatas de la monumental universidad de La Habana, convocó a los estudiantes a terminar con las bandas gansteriles que atemorizaban a los universitarios y los llamó a seguir con el ejemplo de Julio Antonio Mella, el joven dirigente universitario que fundó la FEU y luego el primer Partido Comunista de Cuba en los años 20.

Su inclinación por la política como medio de ponerse al servicio de la sociedad y de realización de las más profundas aspiraciones humanas están fuera de toda duda. Ya en su condición de estudiante de derecho ingresó a militar en la juventud ortodoxa, una organización política liderizada por Eduardo Chivás, luchador incansable por la honradez, de quien es conocida su frase: “vergüenza contra dinero”.

El jefe de los barbudos, de esos que regaron su sangre por la independencia cubana y de los que hoy constituyen testimonios vivos de las alegrías y las tristezas que les provocó la lucha contra la tiranía de Fulgencio Batista, se convirtió en un símbolo de dignidad y consecuencia nacional e internacional desde el audaz asalto del Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, un 26 de julio de 1953. En la acción sufrieron una derrota militar pero cosecharon una victoria política cuando Fidel, asumiendo su propia defensa en el juicio instaurado en su contra, presentó su alegato conocido como “la historia me absolverá” y junto al resto de compañeros pasó varios meses en prisión. Condenado al exilio, parte a México, donde reagrupa a sus más cercanos colaboradores y conoce al Che, a quienes les asegura: “…si salgo, llego; si llego, entró; si entró, triunfo”.

De vuelta a Cuba, en diciembre de 1956, establece victoriosamente la columna guerrillera en Sierra Maestra contra el ejército de Batista, el mejor armado por los Estados Unidos en América Latina. Tras casi dos años de triunfos militares acumulados y de sostenido crecimiento político en todo el país, se produce la heroica toma de la ciudad de Santa Clara por el Che y de Yaguajay por Camilo, a fines del 58, lo que coronó el triunfo revolucionario, en enero del 59, y ratificó la primera medida popular emitida ya durante la última fase de la lucha guerrillera: la reforma agraria con la cual cerca de 20 mil campesinos accedieron a la tenencia de la tierra.

Humanismo revolucionario

De ahí en más, el humanismo del proyecto de Fidel se materializaría dentro y fuera de Cuba. En su país, desde enero de 1959, cuando los revolucionarios oficializan la toma del poder y a pesar de la invasión mercenaria organizada y financiada por la CIA en abril de 1961 por Playa Girón y no obstante el bloqueo de más de cuarenta años del imperio más poderoso que la humanidad haya conocido jamás, todos los niños menores de ocho años tienen derecho a un litro de leche diario. De educación ni hablar. En Cuba no hay un ciudadano que no tenga acceso gratuito a la educación y a la formación profesional. De hecho, el comandante, como también se lo conoce, siempre fue un celoso guardián para que todas las escuelas, incluso de los más recónditos lugares, posean un VHS, un televisor y una computadora como apoyo a la tarea de los educadores.

La gratuidad de salud, valorada entre las mejores del mundo, y las bondades del sistema de seguridad social, que brinda a las mujeres embarazadas licencia de un año con derecho a sueldo y a todos los ancianos una jubilación, es una muestra de la humanidad del sistema que defiende.

Entre las década de los 60 y 70 se las jugó, con la visión latinoamericanista de José Martí, Simón Bolívar y Máximo Gómez, al apoyar los esfuerzos de rebelión política y militar en varios países de la América y que, además, representaba una respuesta a los Estados Unidos y a los gobiernos latinoamericanos que se prestaban al proyecto imperial de atentar contra la revolución. Pero también hasta los 80 lo hizo, contra el celo de la otrora URSS, al respaldar los movimientos de liberación nacional africanos en Namibia, Mozambique, Angola y el Congo y, sobre todo al apoyar la rebelión de la Sudáfrica de Nelson Mandela contra el Apartheid. Ahora, en otra forma de solidaridad, continúa con su mirada hacia los más pobres con el apoyo desinteresado de decenas de miles de médicos cubanos en el Tercer Mundo.

De hecho, en la actual nueva fase de la lucha latinoamericana contra la dominación del capitalismo mundial, particularmente contra el estadounidense, Cuba, de la mano de Fidel, es la referencia simbólica de los procesos políticos que países como Bolivia, Venezuela y Ecuador llevan adelante, pero también de otros menos profundos, más no menos importantes, como los de Brasil, Uruguay, Haití y Nicaragua.

No hay duda de que Fidel, quien siempre dijo que la revolución ni se exporta ni se importa, ha desempeñado un papel fundamental para que las relaciones de América Latina con los Estados Unidos sean menos vergonzosas y vayan adquiriendo niveles significativos de mayor autonomía frente a una estrategia imperialista que, a través del Plan Colombia y el ALCA, primero, y después los TLCs, busca restablecer su deteriorada hegemonía en el continente y hacer realidad la aspiración de la doctrina Monrroe.

Fidel y su pueblo, a menos de 100 millas de los Estados Unidos ha mantenido una dignidad y una soberanía heroicas que han dignificado y enseñado mucho a la América Latina, aún en momentos extraordinariamente difíciles, a principios de los noventa, cuando la población de este pequeño archipiélago tuvo que enfrentar un “período especial” producto de la caída de la URSS y el bloque socialista europeo, con el cual tenía casi el 80% de su comercio, y del endurecimiento del bloqueo estadounidense.

La adversidad no frenó su lucha y compromiso con el mundo. Todo lo contrario. Su papel en la actual coyuntura, que el mismo bautizó como “la batalla de las ideas”, ha sido sobresaliente y quizá determinante en la profundización de la crisis de la hegemonía imperial, al punto tal de resignificar, a través suyo, el pensamiento libertario y la acción revolucionaria de grandes personajes como Carlos Marx, Simón Bolívar y José Martí, pero también de reivindicar a los indígenas de América Latina, que es algo poco conocido de su pensamiento pero profundamente martiano.

Magnánimo con los ricos

Pero Fidel no solo es solidario con los pobres sino que ha sido magnánimo incluso con sus enemigos que, representados por la Casa Blanca, pretendieron infructuosamente asesinarlo durante más de 600 oportunidades y que ejecutaron cientos de atentados contra la economía y el pueblo cubanos. Tan es así que el 11 de septiembre de 2001, inmediatamente producido el derrumbe de las dos torres del New Trade World Center en Nueva York, que costó la muerte de miles de inocentes, fue el primero en expresar su solidaridad y de ofrecer, no obstante el peligro que representaba, los aeropuertos cubanos para el aterrizaje de las decenas de aviones que estaban en espacio aéreo estadounidense, sin costo alguno.

Es más, a pesar del ilegal y fallido intento por retener al niño Elian en los Estados Unidos y las arbitrariedades que hasta hoy se cometen contra cinco cubanos en las cárceles de ese país, convertidos en héroes de su pueblo, Fidel le ofreció a George W. Bush, la atención médica de 3 mil estadounidenses al año, de los 44 millones de ciudadanos del norte que no tienen posibilidades de acceso a la salud, y hoy existen cientos de jóvenes estadounidenses de familias pobres estudiando en la Escuela Latinoamericana de Medicina.

Fuego ideológico

Fidel jamás retrocedió en su compromiso con el destino de la humanidad y una alta dosis de entrega ha caracterizado a toda su vida, aún después del 31 de julio de 2006, cuando una complicación intestinal lo alejó de la vida pública y lo obligó a presentar la proclama. Sin haber superado su estado convaleciente, durante más de un año y medio, combinó su recuperación con la toma de decisiones estratégicas en el gobierno – muchas de ellas con impacto internacional-, con sus aportes a la “batalla de las ideas” a través de más de un centenar de reflexiones.

Sus escritos, sensibles con el desarrollo de su pueblo y el mundo, descargaron el “fuego ideológico” contra los enemigos de la humanidad y el planeta, como es por ejemplo su reflexión del 28 de marzo de 2007, cuando advirtió que más de 3.000 millones de hombres y mujeres están condenados y condenadas a morir prematuramente por hambre y sed producto de la decisión de los países desarrollados de fabricar biocombustibles, lo cual implicará una reducción considerable de la cantidad de hectáreas de tierra dedicadas a la siembra y cosecha de alimentos.

Su rechazo al culto

Fidel jamás hizo gala de su poder porque siempre lo concibió como “el poder del pueblo”.

Su carta del 19 de febrero, en la que ante la proximidad de la inauguración de la VII Asamblea Nacional del Poder Popular, adelantaba que no aspiraría ni aceptaría el cargo de Presidente del Consejo de Estado y de Ministros, y sus dos artículos siguientes, en los que, como el dice, abre “fuego ideológico” ante las malintencionadas interpretaciones de sus adversarios, da cuenta de su confianza, de toda la vida, en el Partido, la conducción colectiva y la conciencia del pueblo.

Es casi seguro que los términos de su mensaje del 19 de febrero le provocaron a más de uno en el mundo el mismo sentimiento que cuando se conoció la carta de despedida del Che, el 3 de octubre de 1965. La misiva no se orientó ni a la auto mistificación ni a sacarle provecho al beneficio de la enfermedad como diría Freud. Sus palabras eran más un derroche de desprendimiento y de plena confianza en el pueblo cubano y en la revolución que hizo posible el sueño de los mambises y del apostol Martí.

La carta, bajo la forma de mensaje, no mostraba ni derrota ni impotencia. Al igual que la carta del Che, la misiva de Fidel era un grito insuperable de victoria y un llamado a continuar con la revolución que no es otra cosa que una manifestación de amor por el ser humano. Es, contra el pesar de sus enemigos, la prueba más clara de la situación de invicto con la cual el eterno Comandante en Jefe pasa ahora a cumplir humildemente su papel de soldado de la revolución cubana, latinoamericana y mundial como el mismo anunció.

Nadie más reñido con el culto a la personalidad, al punto que siempre se ha mostrado reacio a que su retrato sea colocado en las oficinas públicas y en las calles, de la que ninguna lleva su nombre.

Por eso, quizá a escasos seis meses de su 82 natalicio, sea digno reconocer que cada pueblo tiene el líder que se merece. Fidel, a diferencia de los 10 presidentes estadounidenses que pasaron por la Casa Blanca intentando derrotarlo e incluso asesinarlo, ha trascendido al socialismo y a la propia historia al hacer el dramático llamado, ante la ONU, de luchar por la sobrevivencia de la humanidad. Hombres como él nos demuestran que “…otro mundo es posible”.

1/3/08

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